La cuaresma, tiempo para llevar una profunda vida espiritual con la mirada en Jesús

 

 

La sociedad actual plantea varios retos para la vida espiritual. Por un lado, vive un ritmo frenético, agitado. Imperan los valores sociales impuestos por el consumismo que busca acumular bienes y riquezas. Por otro, es una sociedad hedonista e inmanente, que en todo busca el placer de los sentidos, por lo cual invita a vivir hacia el exterior, hacia afuera del ser humano, sin tener en cuenta el interior, lo profundo del ser, la búsqueda de trascendencia.

 

Sumado a esto, esta sociedad vive grandes conflictos que claman por ayuda. Conflictos que tienen varias causas y han ocasionado mucho sufrimiento y daño a la población en la historia. En el mundo hay millones de víctimas por causa del desplazamiento forzado; gran cantidad de muertos, desaparecidos, migrantes, y un amplio número de poblaciones afectadas, casi siempre las más pobres u olvidadas por los Estados. Además, hay muchas personas que mueren de hambre o no tienen si quiera con qué cubrir sus necesidades básicas. A esto se suman otras formas de violencia, como la discriminación por la posición social u orientación sexual, las afectaciones psicológicas o la violencia sexual.

 

Sin embargo, pese a todo esto, no se debe olvidar que en medio del dolor, de las dificultades de tantas personas, Dios se sigue revelando. Se revela en el rostro sufriente de quienes lloran y claman por ayuda y piden que no haya indiferencia ante su dolor; se revela como un Dios que no los deja solos y camina a su lado para sostenerlos cuando sienten desfallecer; un Dios que los invita a perdonar a quienes les han causado tal daño.

Por eso, es fundamental reconocer que la Iglesia invita a vivir a profundidad el tiempo de Cuaresma, pues este es un tiempo propicio para que cada persona revise en qué actitudes no está reflejando el rostro de Dios, o no está siendo esa presencia divina para sus hermanos.

 

En la medida en que los cristianos llevemos una profunda vida interior, seremos conscientes de la concreción histórica del amor de Dios, y así, por medio de esa vivencia interior, podremos reconocer el abajamiento de Dios al ser humano, el cual, a su vez, se abaja a la realidad del pobre, el excluido, el enfermo, el hambriento, etc.

 

A los cristianos nos corresponde animar a los desanimados, ser promotores de esperanza, buscar unidad en las luchas. Conmoverse y actuar frente al dolor y la necesidad del otro, acoger al que sufre, al que no es tenido en cuenta, al que huele mal, al enfermo, al pobre.

 

Para ello, se debe redescubrir el gran valor de ser seguidores de Cristo. Muchas veces da la impresión que los cristianos no somos conscientes que la fe es una gran riqueza. Que el Reino de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo, y quien lo encuentra, lleno de alegría vende todo lo que posee y compra el campo; o el negociante que se dedicaba a buscar perlas finas, y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró (cf. Mt 13,44-46). Y lo más importante es que ese Reino de Dios está dentro de nosotros (Lc 17,21).

 

Hoy más que nunca se necesita de “buenos samaritanos” que no sigan de largo frente a las necesidades de los hermanos, de los que sufren, de los más necesitados. Personas comprometidas con el proyecto del Reino de Dios, que luchen por la justicia, que no teman hacer sentir su voz. Se requiere que las comunidades de fe reconozcan la importancia de comprometerse con la realidad, compromiso que tiene como base el seguimiento de Jesús de Nazaret. Que busquen que la Iglesia sea pobre y de los pobres, tanto en su modo de vida como en su reflexión. Esos son rostros de personas concretas que piden que no se les deje solos, que se luche por y junto a ellos de la mano del Dios Trinidad.

 

De ahí que sea tan valioso el aporte del Papa Francisco que hace constantes invitaciones a ser una Iglesia en salida. Salir de las comodidades, los encerramientos, la autorreferencialidad, y pensar más en los otros, no ser ajenos a lo que pasa alrededor. El cristiano de hoy debe hacerse cargo de los conflictos, sin darle miedo de expresar lo que ve que no anda bien, lo que oprime a los seres humanos, lo que deshumaniza. Y Jesús es ese modelo y esa fuerza para dejar de lado los temores y afrontar con valentía las instituciones o sistemas opresores. Pero mientras siga habiendo acomodo o indiferencia frente a lo que pasa alrededor, será muy difícil tener estas actitudes de Jesús. De ahí el gran compromiso de configurarnos cada día más con él.

 

Por eso, en este punto es fundamental el esfuerzo que hoy se hace por recuperar el Jesús histórico. Ese que luchaba contra las injusticias de su tiempo; que ponía al ser humano por encima de todo; que obraba el día que los judíos no debían trabajar, como curar la mano atrofiada de un hombre (cf. Mc 3,1-5); esa mano, ese signo tan fuerte del obrar, del trabajo. Jesús le devolvió a ese hombre la capacidad de trabajar, y con eso le devolvió la dignidad.

 

Precisamente la búsqueda del Jesús histórico ha dado elementos valiosos para quienes creen en él y se sienten llamados e invitados a seguirlo. Así, Andrés Torres Queiruga dice que en la sensibilidad actual se va perfilando una imagen de Jesús mucho más íntima y humana, sin grandezas abstractas, pero inmensamente más rica y vital, que fascina no por su distancia sino por su proximidad. Hoy se busca que Dios se haga más presente en el hombre, pues al hacerlo, más afirmado siente éste su ser; y cuanto más se entregan a Dios el hombre o la mujer, con más hondura y plenitud se reciben a sí mismos, y son más humanos. Además, se busca hacer ver a Cristo como el cumplimiento de la esperanza más profunda del ser en cuanto llamado a alcanzar su plenitud por la comunicación infinita de Dios. Sólo desde la unión efectiva con Dios se puede descubrir su presencia: y el grado del descubrimiento va de par con ese grado de unión.[1]

 

Todo esto se logra si participamos de la divinidad de Dios, esto es, participar del obrar divino. Al alcanzar la unión con Dios, como lo expresa San Juan de la Cruz, el actuar de las potencias “en este estado todas son divinas […] pues están transformadas en ser divino” (3S 2,8-9). Además, en el libro Cántico espiritual, al hablar de la persona transformada, habla de la persona hecha divina y Dios por participación, en tal unión “de las dos naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que no mudando cada una su ser, cada una parece Dios” (CB 22,3-4). Por eso, “todos los actos de ella son divinos, pues es hecha y movida por Dios […] Y así, todos los movimientos de tal alma son divinos; y aunque son suyos, de ella lo son, porque los hace Dios en ella con ella, que da su voluntad y consentimiento” (LlB 1,4.9).

 

En definitiva, se trata de que el cristiano viva una profunda vida espiritual, en la cual es fundamental el silencio y la oración. Que viva un trato de amistad estando muchas veces a solas con quien sabe que le ama,[2] y de esa manera se experimente la santidad, la cual no consiste en aprender una cantidad de contenidos morales, sino en amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente (Mt 22,37), pues dice San Juan de la Cruz: “el amor hace igualdad y semejanza (entre los amantes)” (1S 5,1), y de esa manera llegar a vivir lo que dice San Pablo en Fil 2,5: “tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo”.

 

 

 

[1] Torres Queiruga, “Confesar a Jesús hoy como el Cristo”, 15-21.

 

[2] Esta es la definición de oración que da Santa Teresa de Jesús en V 8,5.

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October 7, 2017

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